
EXISTENCIALISMO)
Insaciable buscaba los cambios.
Quería forzar aquellos cambios en la ciudad en la que había vivido toda su vida. Pero esa oportunidad le era esquiva.Entiende que nadie es profeta en su propia tierra le decían. Pero tozudo estaba dispuesto a morir en el intento.
Su fe profunda y ciega le decía al oído desde su mocedad que es Dios quien nos hace instrumentos en sus manos y que al final no son los intereses personales los que deberían afianzar sus objetivos sino lo que Dios quiera.Recordaba que muy joven aún en el San Francisco de Paula mientras buscaba su verdad, resonaban las palabras de aquel Obispo y descubría ante sus ojos aquélla pregunta que nunca se la había planteado y que a partir de allí se la repetía sin cansancio: ¿qué quieres que yo haga?.
Así se lo contó a Martin-años más tarde-, en sus largas pláticas durante horas. Largas horas pernoctadas entre el calor y el frio.
“Pero el mundo no es un seminario ni tampoco la sociedad un convento amigo”, solía reclamarle el buen Martin, mientras alargaban el paso para entrar a las aulas de la Universidad.Es en ese recinto donde se dieron las primeras batallas del pensamiento, pero nunca suficientes argumentos para hacerlo declinar en sus convicciones. Pero sí grandes dudas. A veces sonreía largamente cuando pensaba que estaba hecho sobre todo para dudar. Dudas que las arrinconaba allí en el fondo de sus secretos donde no podían salir para los demás; sino solo para sí. Eran aquellas que convertía en sus pesadillas para luchar con ellas y que le permitía afianzarse aún más en aquello que había deslizado.
Allí también, en esos claustros sus primeros triunfos, concluyó que la duda solo era parte de la batalla. Y cuanto argumento se batía a duelo sobre la fragua de su reflexión, nunca se batían lo suficiente con aquello que se había adoctrinado. Pero era en la experiencia donde llevaba sus primeras caídas, decepcionando a cuanto amigo tenía de cerca; aún así su espíritu no cedía se levantaba maltratado sobre su faz y terco insistía en su verdad.
Probablemente la tierra donde sembraron era fértil y la semilla crecía al margen de sus debilidades cual frejol en tierra firme pero bajo sombra queriendo alcanzar luz para sus hojas de verde pálido. Se sentía como una voz a la que nadie oía; tal vez, por que hablaba de pulcritud desde el mismo charco que compartía con sus iguales; por que no salía de entre sueños y pesadillas, entre realidades y desvaríos.
A veces la realidad y el pragmatismo querían ganar a su idealismo. Una vez más la realidad no podía pero nunca se cansaría. Jamás se cansaría de decir que no. No tiene corazón, viaja con el tiempo inexorable. Implacable. Solo es. Siempre le mostraba sus derrotas que entregaba en su regazo, entre sus manos, y pesaban tanto que las ponía a sus pies.
Las derrotas. Las tenía como ungüento para sus propias heridas, era necesario tomar de ellas para fortalecer su espíritu. En ese vaivén de maltrato que asumía con entereza…recordaba que nada le serviría de provecho para su propia fortaleza que las derrotas más que los triunfos. Le habían dicho que estaba preparado para triunfar al final de todo y era necesario que contase con esas derrotas. Pero asaltaban las dudas. Y en esa brisa cerraba los ojos y la disfrutaba, como sombras de densas nubes que solo muestran como seria el paisaje sin la fuerza y el calor de la luz. Pasadas las pesadas sombras solo recuperaba la hermosura del paisaje. Estaba hecho para creer. Pero mientras creía estas eran necesarias:¡ Dios ayuda mi incredulidad! exclamba - al fin y al cabo era un mortal mas que llevaba la herida con dignidad.
Ya vez?... Sonreía el buen Martín, que ya era Gerente en un Banco en la Capital. Todo está centrado a fuerza de pragmatismo, decía. Era un hedor de cálido materialismo envuelto en un atractivo buena gente que conquistaba corazones. Todo lo contrario;el suyo era un corazón de agridulce que a veces por sus convicciones daba sin contemplaciones verdades amargas. ¿Quién quería estar con él?.
Solo el buen Martin, que aunque no compartía en su semblante un solo fragmento de sus convicciones las explicaba pero desde otro fuero de la vida.A veces la vida parecía un elefante blanco difícil de vencer, entonces asaltaba el cansancio, pero en su contemplación todo le decía que el triunfo ya estaba dado, él no necesitaba triunfar. Ya había vencido.
Siempre se sintió vencedor. Aunque le ponían derrotas en sus pies, nadie veía que su corazón le llevaba grandes triunfos a su alma. Lo que el mundo llama triunfo es solo carga para él.Gabriel seguía en el intento.
No cedería un argumento solo de aquella doctrina implantada en su carne, aunque a veces le dolía la delgadez de sus argumentos. Le asaltaban dudas hasta el desasosiego y la duda le preguntaba: “¿Y si has concebido mal la Doctrina?, ¿y si no entendiste bien el sentido del lenguaje?, ¿y si eres solo tu en tu propia conciencia de fondo y no hay nadie mas?”
“Si te doy la razón no me das la paz, respondía. Pero si te la deniego la paz sigue conmigo y recupero la alegría y el optimismo”-luego sonreía al espacio azul que cubría la ciudad y seguía la avenida.Pronto asintió que era necesario volver al pueblo, allí donde cultivaba mejor su fe. Aquella que en la ciudad no se hace sino desgarrarse de ella por que no les sirve para la despersonalización del tiempo en que deambulan. Todavía le siguen preguntando en la voces lejanas sobre sus logros por pensar así: le dan allí de donde parte todo su horizonte: ¿Y tu cuanto has cambiado?, y ¿tu qué has cambiado?.
No lo quiso afrontar.
Solo siguió el ritmo de lo que acostumbraba hacer. Es que solo no tenía respuesta. Tampoco la quería pensar. Tal vez por que sabia de una derrota más de esas que pesan sobre los pies.
Entonces se encontró llevando ladrillos que daba a otros sembrando bases del edificio; en la ardua labor que todos realizaban. Al final de la faena a la puesta de sol terminada esa parte de la obra le mostro con el índice. No era la construcción misma, pero como todos, parte importante y necesaria en la edificación, se construía a sí mismo.
Había cambiado mucho de la calle. También su corazón.
Asaltó el idealismo. ¿De nuevo tu?- le preguntó, mientras entraba sonriente y feliz por su terquedad.
Insaciable buscaba los cambios.
Quería forzar aquellos cambios en la ciudad en la que había vivido toda su vida. Pero esa oportunidad le era esquiva.Entiende que nadie es profeta en su propia tierra le decían. Pero tozudo estaba dispuesto a morir en el intento.
Su fe profunda y ciega le decía al oído desde su mocedad que es Dios quien nos hace instrumentos en sus manos y que al final no son los intereses personales los que deberían afianzar sus objetivos sino lo que Dios quiera.Recordaba que muy joven aún en el San Francisco de Paula mientras buscaba su verdad, resonaban las palabras de aquel Obispo y descubría ante sus ojos aquélla pregunta que nunca se la había planteado y que a partir de allí se la repetía sin cansancio: ¿qué quieres que yo haga?.
Así se lo contó a Martin-años más tarde-, en sus largas pláticas durante horas. Largas horas pernoctadas entre el calor y el frio.
“Pero el mundo no es un seminario ni tampoco la sociedad un convento amigo”, solía reclamarle el buen Martin, mientras alargaban el paso para entrar a las aulas de la Universidad.Es en ese recinto donde se dieron las primeras batallas del pensamiento, pero nunca suficientes argumentos para hacerlo declinar en sus convicciones. Pero sí grandes dudas. A veces sonreía largamente cuando pensaba que estaba hecho sobre todo para dudar. Dudas que las arrinconaba allí en el fondo de sus secretos donde no podían salir para los demás; sino solo para sí. Eran aquellas que convertía en sus pesadillas para luchar con ellas y que le permitía afianzarse aún más en aquello que había deslizado.
Allí también, en esos claustros sus primeros triunfos, concluyó que la duda solo era parte de la batalla. Y cuanto argumento se batía a duelo sobre la fragua de su reflexión, nunca se batían lo suficiente con aquello que se había adoctrinado. Pero era en la experiencia donde llevaba sus primeras caídas, decepcionando a cuanto amigo tenía de cerca; aún así su espíritu no cedía se levantaba maltratado sobre su faz y terco insistía en su verdad.
Probablemente la tierra donde sembraron era fértil y la semilla crecía al margen de sus debilidades cual frejol en tierra firme pero bajo sombra queriendo alcanzar luz para sus hojas de verde pálido. Se sentía como una voz a la que nadie oía; tal vez, por que hablaba de pulcritud desde el mismo charco que compartía con sus iguales; por que no salía de entre sueños y pesadillas, entre realidades y desvaríos.
A veces la realidad y el pragmatismo querían ganar a su idealismo. Una vez más la realidad no podía pero nunca se cansaría. Jamás se cansaría de decir que no. No tiene corazón, viaja con el tiempo inexorable. Implacable. Solo es. Siempre le mostraba sus derrotas que entregaba en su regazo, entre sus manos, y pesaban tanto que las ponía a sus pies.
Las derrotas. Las tenía como ungüento para sus propias heridas, era necesario tomar de ellas para fortalecer su espíritu. En ese vaivén de maltrato que asumía con entereza…recordaba que nada le serviría de provecho para su propia fortaleza que las derrotas más que los triunfos. Le habían dicho que estaba preparado para triunfar al final de todo y era necesario que contase con esas derrotas. Pero asaltaban las dudas. Y en esa brisa cerraba los ojos y la disfrutaba, como sombras de densas nubes que solo muestran como seria el paisaje sin la fuerza y el calor de la luz. Pasadas las pesadas sombras solo recuperaba la hermosura del paisaje. Estaba hecho para creer. Pero mientras creía estas eran necesarias:¡ Dios ayuda mi incredulidad! exclamba - al fin y al cabo era un mortal mas que llevaba la herida con dignidad.
Ya vez?... Sonreía el buen Martín, que ya era Gerente en un Banco en la Capital. Todo está centrado a fuerza de pragmatismo, decía. Era un hedor de cálido materialismo envuelto en un atractivo buena gente que conquistaba corazones. Todo lo contrario;el suyo era un corazón de agridulce que a veces por sus convicciones daba sin contemplaciones verdades amargas. ¿Quién quería estar con él?.
Solo el buen Martin, que aunque no compartía en su semblante un solo fragmento de sus convicciones las explicaba pero desde otro fuero de la vida.A veces la vida parecía un elefante blanco difícil de vencer, entonces asaltaba el cansancio, pero en su contemplación todo le decía que el triunfo ya estaba dado, él no necesitaba triunfar. Ya había vencido.
Siempre se sintió vencedor. Aunque le ponían derrotas en sus pies, nadie veía que su corazón le llevaba grandes triunfos a su alma. Lo que el mundo llama triunfo es solo carga para él.Gabriel seguía en el intento.
No cedería un argumento solo de aquella doctrina implantada en su carne, aunque a veces le dolía la delgadez de sus argumentos. Le asaltaban dudas hasta el desasosiego y la duda le preguntaba: “¿Y si has concebido mal la Doctrina?, ¿y si no entendiste bien el sentido del lenguaje?, ¿y si eres solo tu en tu propia conciencia de fondo y no hay nadie mas?”
“Si te doy la razón no me das la paz, respondía. Pero si te la deniego la paz sigue conmigo y recupero la alegría y el optimismo”-luego sonreía al espacio azul que cubría la ciudad y seguía la avenida.Pronto asintió que era necesario volver al pueblo, allí donde cultivaba mejor su fe. Aquella que en la ciudad no se hace sino desgarrarse de ella por que no les sirve para la despersonalización del tiempo en que deambulan. Todavía le siguen preguntando en la voces lejanas sobre sus logros por pensar así: le dan allí de donde parte todo su horizonte: ¿Y tu cuanto has cambiado?, y ¿tu qué has cambiado?.
No lo quiso afrontar.
Solo siguió el ritmo de lo que acostumbraba hacer. Es que solo no tenía respuesta. Tampoco la quería pensar. Tal vez por que sabia de una derrota más de esas que pesan sobre los pies.
Entonces se encontró llevando ladrillos que daba a otros sembrando bases del edificio; en la ardua labor que todos realizaban. Al final de la faena a la puesta de sol terminada esa parte de la obra le mostro con el índice. No era la construcción misma, pero como todos, parte importante y necesaria en la edificación, se construía a sí mismo.
Había cambiado mucho de la calle. También su corazón.
Asaltó el idealismo. ¿De nuevo tu?- le preguntó, mientras entraba sonriente y feliz por su terquedad.


1 comentario:
Maravilloso relato Robert, me has llevado de la mano al recuento de mis propias terquedades.
Un beso.
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