Desafiando el tiempo, mirando el acróstico empolvado retrato en el desván de la vieja casona, vinieron los recuerdos a mi alma, a inquietar lo que ya no es actualidad para mi. Pero sí fuente de lo que vivo y de lo que viviré siempre.
Cuando los miedos han huido, cuando las dudas han desaparecido por que se cansaron de preguntar las convicciones, o hemos dicho que sí por que lo evidente nunca nos dará certezas, empecé a desplegar esa tarea que de lejos no parecía mía.
Y mientras en las aulas se oyen voces que desconcentran el trato de clase, en la retrospectiva veo aquellos maestros que transmitieron las verdades de fe en medio de la pesadilla que era mi vida, de afanes, de alegrías y atropellos que crecer significa. Y cuando recuerdo que la Filosofía y la Teología dan verdades tan simples como las de otras que da el saber, y que enriquecen más aún la vida; me cuestionaba en la Universidad por qué nunca la dieron allí, cuando mi humanismo mostraba sin mostrarlo su insaciable sed.
Al escuchar sus multiples descontentos, desacuerdos y desaciertos de los hoy adolescentes solo veo esos grandes tropezones que nos damos para ser el SER, solo muestran su sed.
Y perdidos estuvieron nuestros maestros que se daban trabajo para aclarar la vista de acuerdo al panorama que les hacían ver, como hoy; que tenemos en mente un panorama que vemos y es el que queremos que ellos vean.
Con todo, de acuerdo a su tiempo el mundo enseña a preocuparse por dar lo mejor para producir hoy. Y en el hoy se pierde la verdad escencial por que a veces lo escencial no se traduce en materia inmediata que calma el hambre y la sed. Y empobrecidos de esa necesidad humana y continua necesidad, van a preocuparse por el hoy y por el hoy de cada mañana, sin tener en cuenta el fin de todos los tiempos.
Y con el fin de todos los tiempos, sentado en el Convento de los Carmelitas-hace casi 20 años-, en el "San Fracisco de Paula" en Ayacucho , me siento en sus aulas con los demas amigos a escuchar las verdades que traía el Obispo, aquellas que en los claustros de la Universidad nunca se dieron.
Aquellas del Obispo no costaron dinero, tampoco probablemente producen un cuatum dinerario, aquellas no pasan tienen el peso de lo etéreo, esas palabras con peso de autoridad que hace que se cumpla "lo que has recibido gratis dadlo gratis"...y esa gracia se ha guardado en lo profundo pero tienen más valía que nada y que todo.
Y concentrados en esa valía, les mostraba ese panorama que ví, que hoy hago ver, y que a veces no ven, pero al que miran estos amigos míos, que tambien muestran sin mostrar su sed existencial mientras llegan al ser, que parecen equivocados y perdidos, que parecen no saber nada; pero que felizmente parecen por que saben mas de su mundo que nadie en el mundo. El feliz panorama de mis cuestionamientos es la felicidad de darles lo que un dia a mi, las verdades de lo escencial, de lo trascendente, del peso etéreo, y en eso nos concentramos. Entonces resuelvo el acróstico.
Para servir, servir; decía Josemaría, a quien quiero tratarlo sin títulos, empezaba el Camino dejando huella en aquéllos corazones adolescentes que nos regalan las hermosas horas de su vida, y con las que hemos de trabajar el sustento diario, no el que garantiza el hoy del mañana sino el fin de todos los tiempos; si lo veo así no será envano las clases de Juan Luis, uno de esos amigos que tampoco fallan, por que la verdad tampoco puse en practica inmediatamente lo que aprendí-hasta hoy me cuesta, pero puesto el norte nunca perdi el horizonte.
Así que con todo el resultado lo veremos más allá de sus dieciocho abriles, donde empezamos a resolver los acrósticos, cuando desempolvamos recuerdos en un viejo desvan, en alguna casona que nos recordará lo que tomamos ayer para repartirlo hoy.
Cuando los miedos han huido, cuando las dudas han desaparecido por que se cansaron de preguntar las convicciones, o hemos dicho que sí por que lo evidente nunca nos dará certezas, empecé a desplegar esa tarea que de lejos no parecía mía.
Y mientras en las aulas se oyen voces que desconcentran el trato de clase, en la retrospectiva veo aquellos maestros que transmitieron las verdades de fe en medio de la pesadilla que era mi vida, de afanes, de alegrías y atropellos que crecer significa. Y cuando recuerdo que la Filosofía y la Teología dan verdades tan simples como las de otras que da el saber, y que enriquecen más aún la vida; me cuestionaba en la Universidad por qué nunca la dieron allí, cuando mi humanismo mostraba sin mostrarlo su insaciable sed.

Al escuchar sus multiples descontentos, desacuerdos y desaciertos de los hoy adolescentes solo veo esos grandes tropezones que nos damos para ser el SER, solo muestran su sed.
Y perdidos estuvieron nuestros maestros que se daban trabajo para aclarar la vista de acuerdo al panorama que les hacían ver, como hoy; que tenemos en mente un panorama que vemos y es el que queremos que ellos vean.
Con todo, de acuerdo a su tiempo el mundo enseña a preocuparse por dar lo mejor para producir hoy. Y en el hoy se pierde la verdad escencial por que a veces lo escencial no se traduce en materia inmediata que calma el hambre y la sed. Y empobrecidos de esa necesidad humana y continua necesidad, van a preocuparse por el hoy y por el hoy de cada mañana, sin tener en cuenta el fin de todos los tiempos.
Y con el fin de todos los tiempos, sentado en el Convento de los Carmelitas-hace casi 20 años-, en el "San Fracisco de Paula" en Ayacucho , me siento en sus aulas con los demas amigos a escuchar las verdades que traía el Obispo, aquellas que en los claustros de la Universidad nunca se dieron.
Aquellas del Obispo no costaron dinero, tampoco probablemente producen un cuatum dinerario, aquellas no pasan tienen el peso de lo etéreo, esas palabras con peso de autoridad que hace que se cumpla "lo que has recibido gratis dadlo gratis"...y esa gracia se ha guardado en lo profundo pero tienen más valía que nada y que todo.
Y concentrados en esa valía, les mostraba ese panorama que ví, que hoy hago ver, y que a veces no ven, pero al que miran estos amigos míos, que tambien muestran sin mostrar su sed existencial mientras llegan al ser, que parecen equivocados y perdidos, que parecen no saber nada; pero que felizmente parecen por que saben mas de su mundo que nadie en el mundo. El feliz panorama de mis cuestionamientos es la felicidad de darles lo que un dia a mi, las verdades de lo escencial, de lo trascendente, del peso etéreo, y en eso nos concentramos. Entonces resuelvo el acróstico.
Para servir, servir; decía Josemaría, a quien quiero tratarlo sin títulos, empezaba el Camino dejando huella en aquéllos corazones adolescentes que nos regalan las hermosas horas de su vida, y con las que hemos de trabajar el sustento diario, no el que garantiza el hoy del mañana sino el fin de todos los tiempos; si lo veo así no será envano las clases de Juan Luis, uno de esos amigos que tampoco fallan, por que la verdad tampoco puse en practica inmediatamente lo que aprendí-hasta hoy me cuesta, pero puesto el norte nunca perdi el horizonte.
Así que con todo el resultado lo veremos más allá de sus dieciocho abriles, donde empezamos a resolver los acrósticos, cuando desempolvamos recuerdos en un viejo desvan, en alguna casona que nos recordará lo que tomamos ayer para repartirlo hoy.


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