martes, 29 de enero de 2008

CREPUCULOS DE LAS HORAS




María sonreía.Gabriel la espera.


Suavemente se deslizaba su sonrisa sobre la brisa del mar. Atardecía. Sus níveos trajes danzaban al ritmo del fuerte viento y todo parecía creado solo para amar. El claroscuro violáceo del ocaso allá en el crepúsculo de las horas no necesitaba si no su canto, si no su voz que cual sirena salida del mar susurraba sobre mi pecho.


Ni las piruetas de las cien golondras allí habidas me robaban la mirada eterna sobre su rostro. Ella impávida y extasiada abrazada a mi estaba cubierta de las mil caricias que le prodigaban mis miradas, el barullo de mi voz…Oh eternidad, que si el paraíso existió, solo se necesita dos corazones henchidos de amor para construir aquello que solo el excelso eros sabe de ternura y pasión.Mientras callaban sus entornados labios eros hacia sonetos de silencio para los dos.Y no había más silencio en el que se dijo tanto de aquél amor.


En aquella vespertina leí sus ojos, sobre la sempiterna arena nunca cansada de ver el amor surgir de sus entrañas…como su alma y la mía arrobadas en un punto de la tierra, del universo donde el tiempo por unas horas nunca existió…Eolo paso sin prisa, no era posible el sueño allí. Sus manos fuertes asidas a mi era el grito incesante por querer vivir; y yo aferrado a ella con un temblor de niño y avidez de hombre quería ese momento cual si nunca imaginado ni el deseo esperado, solo para mi. Trémulo de felicidad y de frio, desafiando el claroscuro del crepúsculo le dije después de un largo silencio…te amo. Se estremeció más fuertemente a mí, y deslizando sus lagrimas cristalinas, bifurcándose sobre su rostro, balbuceo de entre su más profundo suspiro diciéndome “y yo a ti”. Su fragilidad me robustecía, su delicadeza me ennoblecía, su pureza de mujer me enmudecía, no necesitaba nada más que…mirando aquellas travesuras lejanas de acuarelas que cambiaban de tonalidades:..El cielo, y allá íbamos.


El sufrimiento. Sufríamos la pureza del amor, que habían tocado el más puro interior de nuestros cuerpos y nuestras almas…sufríamos el bien amar…pronto el encanto de la luz que se fue con el sol y la espesura de la noche borraba las acuarelas de la tarde.Había que partir.Había que dejar el inmenso mar, la virgen playa. Había que dejar la inocencia y la ternura que la soledad en la naturaleza sabe dar. Había que dejar los sonetos del silencio.Había que correr sobre la amalgama de las pistas y veredas y no sobre el pedregal y el arenal. Había que dejar el paraíso y entremezclarse en los duros y fríos edificios de la ciudad. EL suburbio del anonimato…solo su corazón, sus ojos y su frágil cuerpo me decía que existía… y entonces en su rostro y en el mío se dibujó el adiós.


El adiós más largo que nos dimos, aquellos que demoraban lo que el encuentro mismo. Allí dejamos escritos en nuestra piel toda una historia de aquellos dieciséis abriles y que cual jade guardamos en el recóndito de nuestros días. Arcano que con el tiempo aumenta su valía.Nos encontraríamos de nuevo y muchas veces mas, pero no encontré este retablo de amor de aquel día.Las he buscado a orillas del mar…jamás el jade brillo dos veces de manera igual.La piel endurecida ya no es la misma de aquella en esa tarde, ni tampoco la blancura de las miradas, pero esta en su piel y en la mía, en su recuerdo y en el mío, toda la ternura que descubrimos esa tarde y que solo el silencio lo sabe…En los crepúsculos de las horas, recitare los versos añejados de pasión. María sonríe. Nuevamente a la espera.Otro verano, Otro crepúsculo, pero…nunca como el que se escribió en sus fauses.

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MARIAJOSE DE FATIMA