I.
FOGATA DE HOJARASCA PLATANERA
La hojarasca platanera quemada al atardecer despedía un hedor a plátano asado.
Las primeras oscuridades tenues se apoderaban de la que había sido una tarde soleada y quemante. El frío adueñándose de los espacios con la fuerza del ventarrón que parecía levantarse el techo con su furia. Danzaban las golondrinas en esos atardeceres sobre el espacio del jardín las que anidaban los huecos del techo del frontis de la casa. Una que otra vez se dejaba vislumbrar el colibrí con sus alas veloces y cuerpos quietos libando el néctar de las flores. Y en el cactus de la esquina el pechorojo observando todo el atardecer, él parecía haber laborado todo el día y estaba satisfecho. Era la hora del vuelo de los insectos entonces los golondros salían al banquete, vuelos y revuelos llevando su alimento al nido, insectos que el humo y la maloja ardiendo
🔥 dejaba vislumbrar sobre el humo elevado a los cielos tan sinuoso como la fuerza caprichosa del viento.
El silencio crecía y se acentuaba el chirrido de chicharras y grillos mientras las luciérnagas prendían sus luces entre los matorrales y a lo largo de la alameda de Overos que servían de cerco en el perímetro del predio. Y las putillas, pechorojos, chiscos y tordos se guardaban en los molles, y los arboles frutales que rodeaban el huerto.
Reventaba las malojas que así se llamaba la hojarasca abundante de los platanares cual pequeños cuetes que sorprendían las altas llamaradas de una fogata que a la oscuridad y al viento se hacía más notoria y flameante.
La 🌑 luna llena se había apoderado de la noche
🌃 castigando a la oscuridad reduciéndola a las sombras al ras del salitral suelo.
Y en esas noches vírgenes de pura naturaleza sin luz
💡 eléctrica, al compás de la llamarada contemplábamos las estrellas
🌟 de una hermosa vía láctea. Sus figuras y el nombre de sus formas que la astrología como ciencia no reconoce; tal vez alguna que otra como la cruz del sur y Venus. Las demás era el arado, las siete cabrillas, los sacos de papas, y un largo etcétera que entre risas y cuentos con sabor a leyendas contaba mi padre asido de la horqueta. Una especie de rastrillo moldeado a base de machete de las ramas podadas de los huabos.
En ese ambiente de misterio y sensaciones de entre alegría y miedo la imaginación seguía al cuento de las manzanas de oro que la huaca encantada dejaba ver a los nocturnos viandantes partiéndose en dos, de donde emanaba una luz dorada. Sintiéndose tentados muchos lugareños, viajeros de la hora nocturna que pasaban en la hora pesada se adentraban a la huaca para extraer el codiciado tesoro que habían dejado allí los antiguos y que relucía en un resplandor visto desde lejos. Entonces las madres, esposas,hermanas o novias encomendaban a sus viajeros y recomendaban ni mirar siquiera esos tesoros porque no era más que la venganza de las ánimas de los indios reclamando a la codicia de la sangre española. La huaca habiendo logrado seducir al pasajero y habiéndose adentrado en su interior procedía a cerrarse tragándose la codicia española. Justificando así las desapariciones o las fugas de algunos lugareños. Y en muchos casos se explicaban las muertes de algunos vecinos hallados muertos a la vera del camino sinuoso y ondulantes por el que se transitaba en burros, caballo, bicicleta o simplemente a pie.
La literatura estaba en sus labios del hombre tozudo, moreno de pelo ondulado.
Años mas tarde, comprenderíamos que los huaqueros muertos no era sino por los gases guardados por centurias que al ser descubiertos sin las técnicas arqueológicas podían ocasionalmente causar la muerte de los artesanales. Como años mas tarde sabríamos que las defensas bajan en el cuerpo humano entre las tres de la mañana y las cinco de la madrugada y por eso la hora de la muerte se pasea por tantos hogares como horas de defunción anotadas hay en el registro de partidas y las noticias traídas a veces por el panadero de las seis de la mañana contaban de los vecinos yacidos y al despuntar el alba quienes habían partido ya de este mundo. Junto con el despacho del pan que traía en costalillo en su moto y mas tarde en una canasta de carrizo, traía las ultimas novedades puesto que visitaba todas los hogares y cada lugareño depositaba en él lo último que pasaba o sucedía en su lar.
-Falleció fulano,
- ay qué pena,no me diga...
- sí y dicen que ha sido a las 4 y 17 de la madrugada
- pero qué pena también esta mal la suegra de don mondongo;
- si eso me ha dicho pero el que esta mal muy mal, es Edilberto,
- ¿quien Edilberto?,
- al que le dicen Mono, el hijo de la culebra,
. ahhh yaa Edilberto se llama, vaya tanto años mono, mono, fíjese pues...
Una especie de periódico matutino y fuente de las conversaciones en el desayuno que muchas veces era a base de la respetada yerbaluisa y de leche de vaca pura y ese pan único amasado en el horno molinero por Don Amaranto que en paz descanse.
Pero en un pueblo de la cultura salinar, sin luz eléctrica, sin caminos asfaltados y entre huacas y grama salada, de sombras extensas de chilcos, overos, huacas, terrenos sembrados enteros de platanares, y vecinos cada 300 o quinientos metros, a la luz de la luna; permitía que la literatura fluya de la capacidad natural para contar de los abuelos y de los padres. Y sobre todo la capacidad de escuchar y concentrarse que en ese tiempo niños aún rodeabamos la fogata alimentada por malojas montón por montón.
Pronto mi Padre se dirigía a la casa y lo seguía de cerca deslumbrado de la historia, de la moraleja entres cuestiones claras, ideas imprecisas, preguntas en el tintero y algunas claridades, como ese haz de luz de la lámpara, o el brillo de sus ojos todavía jóvenes y fornidos. Se despedía don Alcibiades, el peón más leal que tuvo; y la lámpara se apagaba y las oscuridad cerrada solo era interrumpida por el haz de luz de luna que entraba por la ventana de madera.
Era un hombre que trabajaba en la Ciudad en una empresa agroindustrial grande, por turnos; y sus horas libres iba a trabajar a su parcela de casi tres hectáreas donde desplegaba más esfuerzo y energía. La ciudad ofrecía todos sus avances, cocina a gas,la radiola, la televisión de tubos, la licuadora, los muebles, la luz eléctrica de lunes a viernes; mientras que los fines de semana era una especie de campamento donde un tiempo incluso se dormía en esteras hechas del caucho de las malojas y alumbrados por una lámpara de kerosene, el fogón, y el batán con piedra de río, la comida a base de leña, y agua de pozo lleno y repleto de las vertientes vivas pues no era su terreno uno seco sino de humedales, donde crecían los mejores plátanos de la región, cuyo sabor era garantizado por el salitral de sus suelos, y lugar idóneo para una cantidad de zancudos de gran tamaño espantados por el humo de las hojarascas del platanar.
Habían tres huacas de piedras dejadas los antepasados de la Cultura Salinar, las que siempre fueron tratadas con respeto y donde encontraban restos de huacos y algunas piezas enteras, como una taza color ocre en la que se guardaba el UCHU CUTA en la cocina; y un silbato de color negro.
En ese campamento de fines de semana era el lugar ideal para escuchar las historias, los cuentos y leyendas que hoy guardamos en un ordenador y en mi alma. Comprendo ahora cuanta enseñanza guarda la sabiduría popular, la hora pesada tiene lugar en la hora del orden natural, y cuánto ha desplazado en orden al avance de las comunicaciones justamente esa comunicación con el padre o con el abuelo, al que recluyen ahora al silencio; y que reemplazan hoy el celular, la televisión, el internet, la laptop, el whatsapp, la radio, al que hay que apagar para que se note el calor del hogar y de la familia.
Bien decía el patriarca que hace falta ir de campamento con la familia aquel lugar donde el encuentro con la naturaleza enseñe a las nuevas generaciones el encuentro real con los padres, lejos del nombre de la modernidad que no trae más felicidad sino una profunda necesidad de ella. Así el encuentro con los nietos era las horas sagradas que se guardan en el recuerdo y en el ser mismo de cada persona única e irrepetible que hace humanidad. Nada más llegar la luz eléctrica se impuso el televisor a los cuentos y leyendas que salían con la tierna voz del abuelo, que se daba con creatividad y carisma espacios para encontrar en todos temas de conversación risible, afable y cariñosa, se fueron las golodrinas, las abejas siguen en crisis, el ecosistema se ha afectado, los platanares se han reemplazado por el nuevo monocultivo esparraguero.
Sin embargo él era un abuelo comunicativo, sonriente y conversador, partió solo después de conocer a dos de sus últimos cuatro bisnietos Gia, una luchadora de la vida; y Ezzio un bebe de meses de nacido robusto retoño de su clan familiar, con los que se sentía bendecido, la vida florecía en una primavera constante donde los padres son como las semillas que se plantan en el surco para vivir. Como decía esa canción o himno que entonaban en las misas dominicales: "Hay que morir para vivir". Ya no escucharán sus historias, pero tal vez sí leerlos en su laptop porque es la nueva fuente y no la palabra esa fuerza comunicacional.
La tierra extraña el calor de la fogata, y el viento no lleva más sus cuentos, mitos y leyendas, como tampoco sus libros de paginas grandes de soledades, cuando al rededor de la fogata ya no están los hijos ni los nietos que se han ido tras el progreso en la nueva selva de cemento y amalgama con aires sucios de la gasolina, gas o petróleo combustionado. ¿Qué vida va a ser esta?, se preguntaba, él que era en su ser un entregado a la comunión con la naturaleza, la tierra, las plantas, el aire fresco venidos del mar. Esas paginas se cerraron en su pecho, desde donde brotaban como vertiente de agua viva su oración de madrugada, por los suyo lejos de la naturaleza.
Al año habrá un fogata en las oscuridades, la avivaremos con leños de los overos, tuzas, y malojas, hojarascas de los árboles frutales; al rededor de su espíritu estarán sus hijos, sus nietos, y cada quien dirá la historia que le contó a cada quien y que marcó su vida. Será el apagón de celulares. El calentamiento global no será otro que agrandar el corazón de la madre, que tiene entre en el mantel, no solo algo que compartir en su mesa sino mucho amor para dar, y mucho amor para entregar, en una eterna espera en la que ningún padre o madre, nunca se cansa de esperar .
Sin embargo él era un abuelo comunicativo, sonriente y conversador, partió solo después de conocer a dos de sus últimos cuatro bisnietos Gia, una luchadora de la vida; y Ezzio un bebe de meses de nacido robusto retoño de su clan familiar, con los que se sentía bendecido, la vida florecía en una primavera constante donde los padres son como las semillas que se plantan en el surco para vivir. Como decía esa canción o himno que entonaban en las misas dominicales: "Hay que morir para vivir". Ya no escucharán sus historias, pero tal vez sí leerlos en su laptop porque es la nueva fuente y no la palabra esa fuerza comunicacional.
La tierra extraña el calor de la fogata, y el viento no lleva más sus cuentos, mitos y leyendas, como tampoco sus libros de paginas grandes de soledades, cuando al rededor de la fogata ya no están los hijos ni los nietos que se han ido tras el progreso en la nueva selva de cemento y amalgama con aires sucios de la gasolina, gas o petróleo combustionado. ¿Qué vida va a ser esta?, se preguntaba, él que era en su ser un entregado a la comunión con la naturaleza, la tierra, las plantas, el aire fresco venidos del mar. Esas paginas se cerraron en su pecho, desde donde brotaban como vertiente de agua viva su oración de madrugada, por los suyo lejos de la naturaleza.
Al año habrá un fogata en las oscuridades, la avivaremos con leños de los overos, tuzas, y malojas, hojarascas de los árboles frutales; al rededor de su espíritu estarán sus hijos, sus nietos, y cada quien dirá la historia que le contó a cada quien y que marcó su vida. Será el apagón de celulares. El calentamiento global no será otro que agrandar el corazón de la madre, que tiene entre en el mantel, no solo algo que compartir en su mesa sino mucho amor para dar, y mucho amor para entregar, en una eterna espera en la que ningún padre o madre, nunca se cansa de esperar .


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