
Arreciaba la fuerza del viento frío sobre la alameda de ficus que daba ingreso a la ciudad. La velocidad del auto sobrecogía a las sombras mas negruscas en su interior y bajo su espesura soportaba los días crudos de junio, mes en que crepitaba más fuerte su herida. Incrementaba su inseguridad, esa que lo obligaba doblegarse ante el fármaco para dominar sus miedos. Para pararse firme ante sus temores.
Pero en medio de ese gris invierno, mientras frisaba los treinta, su conciencia se revelaba, le exigía libertad; entonces su imagen se congeló mientras en su oído escuchaba una hilo musical que parecía reventar.
Su corazón palpitaba fuertemente, era necesario enfrentarse y ahogándose en el límite de la desesperación le decía que no. Fugaba de nuevo a su interior, al silencio, al oscuro cuarto para huir de todos, para huir también de sí mismo.
Miedos y temores que arreciaban con el frío, como la bóveda gris y oscura nebulosa del cielo que parecía el fondo de su pecho invernal temblando por las dudas.
Sus miedos y temores se habían alojado en su fondo interior, no dejaba brillar ese jade que tenía dentro de su pecho...no lo dejaba vivir plenamente, ni ser libre en su totalidad, así convertido en un harapo del destino fue construyendo esa falsa careta para sobrevivir. Una máscara de su yo confluida con su otro yo. Un yo dividido, no era libre. Esclavo de su propio ser limitaba todo su poderío y castraba todo su arsenal para el que había nacido.
Una careta que muchos envidiaban, otros criticaban, algunos alababan y en sus cavilaciones sus enemigos vislumbraban un espacio oscuro que lo hacía ambivalente para ellos, indescifrable pero que no llegaban a describir fácilmente. Solo con una profunda amistad podían ver que la máscara era en realidad transparente, algunos de sus verdaderos amigos lo entendían fácilmente; entonces era necesario huir para refugiarse en el mar de su soledad y asi protegerse y sentirse seguro de que la máscara seguiría firme, por que si no desaparecía.
El sin embargo se entendía a sí mismo.
Débil como la vejez del ficus, había que cortar ramas que estaban demás, que pesaban que estorbaban para vivir y a veces amenzaba con caerlo; corte de pelo que afectaba en su interior necesitado de cortar, de abortar, de separar.
Lamía sus heridas cuál lobo en sus recuerdos, los dias le habían hecho jirones sus muslos. Maltratado, solo y de frío se escondía en el árbol de sus recuerdos, en la sombra de su soledad esperando la luz del nuevo día para ponerse la máscara que le garantizaba la sobrevivencia pero que lo dejaba seriamente cansado y débil para enfrentar la batalla. Una carga que sólo él tenía.
En medio de esa fobia, ociqueba el mundo de sus arcanos con la misma avidez de un ser absolutamente normal pero nada ni nadie otorgaba traquilidad a su ser. No podía vivir sin miedo, sin aquellos sórdidos temores que lo hacían rezar,pedir, suplicar, sollozar.
Mutilado varias veces de lo que pudo ser estaba acostumbrado a perder, "no importa, mañara tal vez será". Pero quería esconder sus fracasos en esa rutilante oscuridad, por que mostrarlas a la luz del día costaba tanto, dolía, aullaba, nunca era el llanto su refugio, pero sí su honda amargura.
Parecía nacido para triunfar y en el hondo de su corazón esperaba la victoria y el éxito. Tal vez ese día se quedaria a campo abierto a la luz del día. Mientras tanto huía al menor ruido desconocido, palpitando su sangre con la fuerza bravía del río, y que se tranquilizaba sólo en sus cansancio, aquél cansansio que justificaba el día, para decir que ha vivido.
Y es que en su fobia, todos parecían reirse de él, sumido en una continua ridiculez, era fuente de todas las burlas, del descontento de los más cercanos, sus padres y sus hermanos; hijo de la desaprobación y la recriminación habían partido en dos su corazón. El rechazo de sus amigos era el escarnio en el que había que vivir desde muy joven. Y aprendió a vivir con el calor de la verguenza que sonroja, con la humillación, al borde de la soledad. Se sentía mirado, observado, juzgado.. ¿a quién quieres dar pena?, se preguntaba.
Sin embargo era un profesional exitoso. Pero, había cosas que mejorar...
Pero no saboreaba el éxito
Tenía en su sed y en su aliento el hálito del fracaso y la derrota. A la par de la esperanza del cercano triunfo veía cerca la muerte. Una muerte esperanzadora donde todo se transforma para mejor, no como el final de nada. Algo le decía de su grandeza, el día a día de más de tres décadas le habia dicho que sus temores estaban alli para vencerlos, de hecho en cada noche sentía haberlos vencido, como cada mañana las sombras iniciales antes del sueño las había desaparecido, y todo lo contrario cualquiera no había podido con esos demonios que muchas veces le pidieron su vida.
Cuántas veces algo inesperado lo arrancaba de las manos del suicidio, aún así él pensaba que en realidad nunca lo quiso y que solo lo inesperado no era más que pretextos para no hacerlo.
Claramente veia que cuando encontraba un valor, una valía aparecía tan pronto el menosprecio; el pensar negativo estaba sembrado en su profundo interior y lo llevaba a boca de jarro el pesimismo y la frustrante depresión.
Un fuerte clauxo del carro lo sacó del bosque de sus pensamientos ensimismados, la alameda desprendía fantasmas tan inútiles como la abultada hojarasca que el viento arrastraba. Inútiles también como sus temores.
A lado de la alameda una barrendera municipal limpiaba la hojarasa, y unos trabajadores más allá la quemaban desprendiéndose un humo aromático propio de los ficus.
Reflexionaba entonces, eran útiles las hojarascas, daban trabajo a algunos, sustentaban a otros; también como sus miedos, le servían a su ser para ser; tal vez había que trabajarlos entonces le servirían mejor.
Poco a poco la máscara se fue absorviendo sobre su piel. Una mañana se sentó frente al espejo.
Concluyó que nunca se sacaría la máscara; debía aceptarla, quererla, amarla, era solo expresión de su yo protegiendose del mundo. No es que fuera transparente o papel cebolla, era contemplarse mejor, mirarse más de cerca y observar sus rostro pegado a su yo.
Empezó a sentirse libre, la columna relajada después de estar años en la lucha y a la defensiva, amarrandose más al claroscuro de sus noches, queria sentirse amado pero era difícil si él mismo no se amaba a si mismo. Si había aprendido a rechazarse, a desaprobarse como lo habían hecho los demás.
Tomó al niño que estaba recostado en una silla de paja, y lo abrazó, y sintió el frio de sus manos por primera vez en medio de su propio calor. Sintió el frío de su cuerpo que pedía a gritos reconciliación, sintió el castigo de la soledad y tambaleaba ante la depresión. Quería sentarse con el niño a sonreir con la tristeza, pero el niño quería estar sólo y él también. Entonces se dió fuerza, no era lugar ni momento oportuno sino para seguir luchando haciendose uno.
Se enfrentó. Miró al niño, y el niño por primera vez miró al adulto, y vió tanto de él al frente, como el adulto vio mucho del niño en sí mismo, era tiempo de abrazarse, de perdonarse, aceptarse...así el espanto iba desapareciendo como su aorta cansada del letargo asustadizo cedía a la aceleración de sus palpitaciones.
Tomó la bufanda y se abrigó una vez mas con las incertidumbres y las incomprensiones como tambien la indiferencia.
- No te burles, "diostedé"; pero es tan fácil ser ave, árbol, o cualquier cosa pero no hombre, a mi me tocó ser hombre y cuesta tanto ser hombre "diostedé", le decía al aver que construía en el ficus su nido.
EL sinsabor se fue aplacando sobre sus desbalances hepáticos. Y poco a poco mientras llegaba al sendero sentia viejo el camino, habia que tomar el atajo. Era otro el destino, era otro el que caminaba siendo el mismo.
Se posó la sombra más alla, esa que le hacía temblar de niño, perono provocó más que la fuerza protectora del adulto, se rió de aquél miedo, y el demonio se fue huyendo como mandado por el Hijo del Altísimo en que creyó.
¿La máscara?-
- Buenas noches Señor Juan
- Buenas noches como está usted.
La máscara sigue ahi,-se respondió-,...es necesario siempre; pero el juan que ven, -se dijo a si mismo- no es necesariamente el Juan que soy yo. La máscara ayuda a sobevivir, y ahora me ayudará a vivir.
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Pero en medio de ese gris invierno, mientras frisaba los treinta, su conciencia se revelaba, le exigía libertad; entonces su imagen se congeló mientras en su oído escuchaba una hilo musical que parecía reventar.
Su corazón palpitaba fuertemente, era necesario enfrentarse y ahogándose en el límite de la desesperación le decía que no. Fugaba de nuevo a su interior, al silencio, al oscuro cuarto para huir de todos, para huir también de sí mismo.
Miedos y temores que arreciaban con el frío, como la bóveda gris y oscura nebulosa del cielo que parecía el fondo de su pecho invernal temblando por las dudas.
Sus miedos y temores se habían alojado en su fondo interior, no dejaba brillar ese jade que tenía dentro de su pecho...no lo dejaba vivir plenamente, ni ser libre en su totalidad, así convertido en un harapo del destino fue construyendo esa falsa careta para sobrevivir. Una máscara de su yo confluida con su otro yo. Un yo dividido, no era libre. Esclavo de su propio ser limitaba todo su poderío y castraba todo su arsenal para el que había nacido.
Una careta que muchos envidiaban, otros criticaban, algunos alababan y en sus cavilaciones sus enemigos vislumbraban un espacio oscuro que lo hacía ambivalente para ellos, indescifrable pero que no llegaban a describir fácilmente. Solo con una profunda amistad podían ver que la máscara era en realidad transparente, algunos de sus verdaderos amigos lo entendían fácilmente; entonces era necesario huir para refugiarse en el mar de su soledad y asi protegerse y sentirse seguro de que la máscara seguiría firme, por que si no desaparecía.
El sin embargo se entendía a sí mismo.
Débil como la vejez del ficus, había que cortar ramas que estaban demás, que pesaban que estorbaban para vivir y a veces amenzaba con caerlo; corte de pelo que afectaba en su interior necesitado de cortar, de abortar, de separar.
Lamía sus heridas cuál lobo en sus recuerdos, los dias le habían hecho jirones sus muslos. Maltratado, solo y de frío se escondía en el árbol de sus recuerdos, en la sombra de su soledad esperando la luz del nuevo día para ponerse la máscara que le garantizaba la sobrevivencia pero que lo dejaba seriamente cansado y débil para enfrentar la batalla. Una carga que sólo él tenía.
En medio de esa fobia, ociqueba el mundo de sus arcanos con la misma avidez de un ser absolutamente normal pero nada ni nadie otorgaba traquilidad a su ser. No podía vivir sin miedo, sin aquellos sórdidos temores que lo hacían rezar,pedir, suplicar, sollozar.
Mutilado varias veces de lo que pudo ser estaba acostumbrado a perder, "no importa, mañara tal vez será". Pero quería esconder sus fracasos en esa rutilante oscuridad, por que mostrarlas a la luz del día costaba tanto, dolía, aullaba, nunca era el llanto su refugio, pero sí su honda amargura.
Parecía nacido para triunfar y en el hondo de su corazón esperaba la victoria y el éxito. Tal vez ese día se quedaria a campo abierto a la luz del día. Mientras tanto huía al menor ruido desconocido, palpitando su sangre con la fuerza bravía del río, y que se tranquilizaba sólo en sus cansancio, aquél cansansio que justificaba el día, para decir que ha vivido.
Y es que en su fobia, todos parecían reirse de él, sumido en una continua ridiculez, era fuente de todas las burlas, del descontento de los más cercanos, sus padres y sus hermanos; hijo de la desaprobación y la recriminación habían partido en dos su corazón. El rechazo de sus amigos era el escarnio en el que había que vivir desde muy joven. Y aprendió a vivir con el calor de la verguenza que sonroja, con la humillación, al borde de la soledad. Se sentía mirado, observado, juzgado.. ¿a quién quieres dar pena?, se preguntaba.
Sin embargo era un profesional exitoso. Pero, había cosas que mejorar...
Pero no saboreaba el éxito
Tenía en su sed y en su aliento el hálito del fracaso y la derrota. A la par de la esperanza del cercano triunfo veía cerca la muerte. Una muerte esperanzadora donde todo se transforma para mejor, no como el final de nada. Algo le decía de su grandeza, el día a día de más de tres décadas le habia dicho que sus temores estaban alli para vencerlos, de hecho en cada noche sentía haberlos vencido, como cada mañana las sombras iniciales antes del sueño las había desaparecido, y todo lo contrario cualquiera no había podido con esos demonios que muchas veces le pidieron su vida.
Cuántas veces algo inesperado lo arrancaba de las manos del suicidio, aún así él pensaba que en realidad nunca lo quiso y que solo lo inesperado no era más que pretextos para no hacerlo.
Claramente veia que cuando encontraba un valor, una valía aparecía tan pronto el menosprecio; el pensar negativo estaba sembrado en su profundo interior y lo llevaba a boca de jarro el pesimismo y la frustrante depresión.
Un fuerte clauxo del carro lo sacó del bosque de sus pensamientos ensimismados, la alameda desprendía fantasmas tan inútiles como la abultada hojarasca que el viento arrastraba. Inútiles también como sus temores.
A lado de la alameda una barrendera municipal limpiaba la hojarasa, y unos trabajadores más allá la quemaban desprendiéndose un humo aromático propio de los ficus.
Reflexionaba entonces, eran útiles las hojarascas, daban trabajo a algunos, sustentaban a otros; también como sus miedos, le servían a su ser para ser; tal vez había que trabajarlos entonces le servirían mejor.
Poco a poco la máscara se fue absorviendo sobre su piel. Una mañana se sentó frente al espejo.
Concluyó que nunca se sacaría la máscara; debía aceptarla, quererla, amarla, era solo expresión de su yo protegiendose del mundo. No es que fuera transparente o papel cebolla, era contemplarse mejor, mirarse más de cerca y observar sus rostro pegado a su yo.
Empezó a sentirse libre, la columna relajada después de estar años en la lucha y a la defensiva, amarrandose más al claroscuro de sus noches, queria sentirse amado pero era difícil si él mismo no se amaba a si mismo. Si había aprendido a rechazarse, a desaprobarse como lo habían hecho los demás.
Tomó al niño que estaba recostado en una silla de paja, y lo abrazó, y sintió el frio de sus manos por primera vez en medio de su propio calor. Sintió el frío de su cuerpo que pedía a gritos reconciliación, sintió el castigo de la soledad y tambaleaba ante la depresión. Quería sentarse con el niño a sonreir con la tristeza, pero el niño quería estar sólo y él también. Entonces se dió fuerza, no era lugar ni momento oportuno sino para seguir luchando haciendose uno.
Se enfrentó. Miró al niño, y el niño por primera vez miró al adulto, y vió tanto de él al frente, como el adulto vio mucho del niño en sí mismo, era tiempo de abrazarse, de perdonarse, aceptarse...así el espanto iba desapareciendo como su aorta cansada del letargo asustadizo cedía a la aceleración de sus palpitaciones.
Tomó la bufanda y se abrigó una vez mas con las incertidumbres y las incomprensiones como tambien la indiferencia.
- No te burles, "diostedé"; pero es tan fácil ser ave, árbol, o cualquier cosa pero no hombre, a mi me tocó ser hombre y cuesta tanto ser hombre "diostedé", le decía al aver que construía en el ficus su nido.
EL sinsabor se fue aplacando sobre sus desbalances hepáticos. Y poco a poco mientras llegaba al sendero sentia viejo el camino, habia que tomar el atajo. Era otro el destino, era otro el que caminaba siendo el mismo.
Se posó la sombra más alla, esa que le hacía temblar de niño, perono provocó más que la fuerza protectora del adulto, se rió de aquél miedo, y el demonio se fue huyendo como mandado por el Hijo del Altísimo en que creyó.
¿La máscara?-
- Buenas noches Señor Juan
- Buenas noches como está usted.
La máscara sigue ahi,-se respondió-,...es necesario siempre; pero el juan que ven, -se dijo a si mismo- no es necesariamente el Juan que soy yo. La máscara ayuda a sobevivir, y ahora me ayudará a vivir.
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