viernes, 23 de mayo de 2008

TRAS LA PUERTA


La veía caminar de lejos, era tan frágil, delgaducha y casi sin estilo.

Brisaba los diecisiséis.

A la medida que se acercaba mi corazon propulsaba arrecifes de placer y nerviosismo.

Llegaba sonriendo, con una limpia y franca mirada que me asustaba, que me cohibía. Desviaba la mirada para ocultarme tras una sonrisa débil y con torpes movimientos por la emoción embargada la sometía a los más pueriles interrogatorios: ¿Dónde has estado? , ¿cóme te ha ido?...

Ella siempre lo supo. Me lo dijo después. Pero siempre estubo muy resuelta, muy segura,...nunca mostró un atisbo de incomodidad. Se sentó en la vereda de aquél barrio donde crecimos. Me miraba como quien mimando mis ojos o mi faz cada vez que lo hacía.
Y alli estabamos, la tarde pasaba. Se hablaba de todo menos de lo que sentíamos por dentro.

Venian las bromas, las risas, tambien los silencios.

Largos silencios.

Entonces la miraba. Estabamos en la puerta de mi casa, hasta donde llegaba. Si no me encontraba afuera entonces tocaba. Siempre la quise por su osadía, por su audacia. Una delicada chica mezclada entre dulzura y tenues travesuras. A veces se quedaba horas, en que llegaba Joaquín, su hermanito; y con un "mi mamá te llama" la hacía desaparecer al instante. Yo, cerraba la puerta.
A veces chocaba con mamá que me sonreía como una feliz pero celosa cómplice. Era la otra mujer que yo amaba.

Eran días impregnados de su presencia. Mi adolescencia crecía con ella.

Nunca lu supe. Ahora pasando por el mismo barrio en el que crecimos, mientras el taxi entraba la curva, retrocedí a aquéllos años y recordaba sus visitas, esas que yo siempre le debía y que no devolví por esos naturales temores que nos asaltan de adolescentes. Sumidos en el trabajo, con otras obligaciones recordaba lo que hoy sucedía tras la puerta de la casa donde vivía.

Los encuentros con ella.

La que se llevó mi corazón consigo, la audaz chica delgaducha que venia con su niñez a cuestas para hacerse mujer conmigo y yo, con ella creciendo cada vez. El delgaducho caballero que sin galantería alguna era premiado por su inocente y delicada figura que venía a hacer de las tardes de siempre las mejores de mi vida.

El mismo barrio, el mismo perfume de retama, las mismas sombras, yo con mi niñez grabada en mi sangre me dice que siempre seré el adolescente al lado de ella, el niño que jugaba con ella y que un día; y sin darnos cuenta en ese barrio y en esa casa fue el amor de siempre que tocó aquella puerta.

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MARIAJOSE DE FATIMA