Le había dicho "no te puedes convertir en la moral del pueblo".
Entre los estrechos de pequeñas calles no podía sino querer escapar. Pero se quedaba y no sabía por qué razón. Estaba como entre calles y tenía entre ceja y ceja solo su verdad.
Había querido amar a los dieciséis.
Todas las calles y avenidas no tenían más de cuatro cuadras. Y todas tenían fin. Miraba a todos lados y no sabía a donde ir. En sus peores pesadillas estaba la de perder a su verdadero amor, ese que siempre había amado y que estaba en sus solos sueños.
La hojarasca que el viento arrastraba por las calles de entre Ficus, José las quemaba cerca de su ventana. Y aunque siempre le molestó el hedor de humo nunca se lo dijo.
De toda la cuadra del barrio, era el único que las quemaba. Hasta hoy las quema. deslizándose por entre la ventana el fragor de sus aromas y cuando el caprichoso viento arreciaba, a veces eran insoportables humillos.
Como nunca tuvo historias verdaderas, él se las inventaba. Como una forma de escapar de sus cinco sentidos. Nunca sus huidas eran para afuera. Siempre supo que el verdadero mundo no estaba sino dentro
-¿Cómo la podías ver?.
Fácil como la ve hoy. -"Es que te traigo en mis sueños"-musitaba. Es que no era el mundo de hoy lo que quisimos ayer. En su amplia sonrisa solo podía ver todo lo que amaba. Ella estaba allí. Tambien por que ella en cierta forma quería estarlo. ella no soñaba pero estaba.
-Tu pecado es creer que todo es perfecto y no lo es.
-¡esperame en tu puerta! pasaré por allí más tarde. -le pedía con trémula voz.
Le enseñaron que era así y no lo aprendió pronto.
-Pero este no es el mundo. Sales al mundo como cuando entras a tu cuarto. Así no es.
-¡Es que nunca, nunca estuviste aquí!.
Se fue cerrando la puerta de su dormitorio.
Entonces volvía a sus sueños. Simplemente no la quería escuchar pero en ese silencio y en esa soledad, la escuchaba más que cuando estaba presente. Y entonces era necesario volver.
Marco se acercaba lentamente, sonriente, siempre sonriente, llevaba muy dentro sus pesados secretos. Quería escapar de su familia, él en cambio no la tenía. No vivía al lado de los suyos, Ellos pertenecieron siempre a otros lares, y siempre lo dejaron . En sus manos estaba aprendido de memoria el adiós. Entre la capital y el campo él se quedó en el pueblo. Allí estaban los que mas amaba en aquellos dos extremos a los que siempre iba y regresaba. Cada uno había escogido un mundo que no quería. El prefería la vertiente de su soledad, entre aquellas cuatro paredes, cuatro calles desde donde irradiaba su personalidad.
Marco quería esa soledad; mientras él deseaban la compañía de la familia. Entró para quedarse sobre el sofá que dejaron solo cuando se acabó la botella de vino, por el que sus secretos solo salían sino hasta entonces, después de una botella.
Siempre fue su mejor amigo. Una amistad que solo separaron cuando conocieron más tarde las que serían sus esposas.
-lo normal es que nos equivoquemos.
-¿Es lo normal?, ¿tú qué quieres?
-sólo déjate llevar y déjate llevar por tus instintos. Todos los hacen.- Le decía pragmático y convencido. Siempre fue una forma de pensar que nunca compartió.
-Espérate llevaré estas hojarascas donde José.
-Podrás quemarlas pero; ¿lo olvidarás?
-tal vez no, tal vez sí...pero lo escribiré, algún día...lo escribiré.
-no es perfeto, nada es perfecto.
-lo es...si miras bien todo lo es...
En sus cinco sentidos lo veia de cerca. Nunca lo había dicho, en sus silencios decian cosas que ambos sabían.
Le decían que lo tenía todo, que todo estaba allí...pero no lo aceptaba había más, necesitaba buscar más.
-El ser humano es una fuente inagotable de deseos...pero nadie los contempla como yo contemplo los míos...
- Marco se quedó absorto. Miro por la entrereja y sin mucho comprender dijo: -claro
-el exito no es como lo miran muchos, sino como lo concibes tú. Hay quienes se engañan por que otros se lo dicen, hay quienes lo viven por que lo saben; saben de sus éxitos, aunque su verdad lo tengan entre sus sentidos o en cinco paredes. No importa quien lo entienda, importa que lo sepas tú.
-claro, repetía Marco asintiendo repetidas veces con la cabeza.
-Y cuándo lo escribirás.
-está escrito...Lo han escrito siempre, no lo hemos leido además.
La Ciudad Dulce de siempre, tenía envuelto el aroma de caña quemada, pero de vez en cuando cuando quemaban la caña el humo lejano sobre el cielo impedían la frescura del sol; entonces con el hedor de un veranillo tardío, se sentaba a escribir. Abundaban los poemas en Otoño. Cuando la hojarasca abundaba y José más las quemaba. El seguía adentro. de todos los colores le gustaba el gris.
Y la caña a veces impregnaba ese color. Entonces escribía. Eran tiempos de ceniza. Tiempos de cosecha aunque muchas veces el tiempo se ponía gris en su pueblo.
Marco antes de pasar al fulbito de cada tarde se detenía en la puerta a saludar al amigo de siempre. No había como moverlo. No insistía. Simplemente, incomprensiblemente, siendo absolutamente diferentes eran amigos.
La tarde iba hacer larga, eras las dos y parecía las seis. Son tiempos de ceniza, la diferencia es que no es otoño, es verano.
-Te dije nada es perfecto.
-Si miras bien todo lo es. Hasta los desordenes climáticos. Por que se quema para bien- le dijo mientras miraba a José que se disponía a quemar más Hojarasca.
Estos son los mejores tiempos, decía optimista. Eran tiempos de ceniza en la ciudad dulce por que gloria había llegado y aunque parecía que se quemaba todo, era al contrario, todo empezaba de nuevo. Sólo hay que reinventarse.
Como la caña, la cortan, la queman y vuelve a la vida, mas grande , mas fuerte mas firme. Y el pueblo será más dulce todavía. Te lo aseguro.
-Marco se despedía. Tomaba un avión para Estados Unidos. Era tiempos de ceniza en su alma. Pero estará alli aún cuando no esté. El amigo de toda la vida se iba, no es que no importara pero no encontraba un adiós que no haya enrriquecido su alma.
Volvería sobre sus aletargadas letras. Avidas de papel ese que ha destruido los blogs digitales, aún así las quería.
-Algún día será ceniza-le dijo sonriente.
-lo peor sería que no hiciera ni eso, ...
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